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Jul
11

CRÓNICAS DE LAS VI JORNADAS DE HISTORIA Y PATRIMONIO- (MARIBEL CINTAS)

Jornadas Salvatierra

Enjorná, morgaño, callonco, cucharro, revenío… estas y otras muchas palabras son como ladrillos del edificio de nuestra idiosincrasia, como piedras con las que hemos jugado desde niños sin ser conscientes de que son piedras, sí, preciosas, también, del entramado que ha dado consistencia a nuestras vidas. Por eso el patrimonio lingüístico es tan importante como el arquitectónico, o el pictórico, o el literario… Porque desde que abrimos los ojos al mundo, las palabras nos sirvieron de lazos de unión, de conexión con los otros, de comprensión  de la realidad. Y nada más abrir la boca, por muy lejos que esté nuestra tierra, la alegría surge cuando identificamos a una persona que con los sonidos de sus palabras nos lleva a paraísos ya tal vez abandonados pero a los que siempre es grato volver.

jornadas hablaPara celebrar la fiesta de la palabra patrimonial, para entendernos mejor a nosotros y entre nosotros, la Asociación de Amigos de Salvatierra ha desplegado durante dos días, el 4 y el 5 de julio,  las VI Jornadas de Historia y Patrimonio, “La lengua y el habla de nuestra tierra”. Con la sola palabra hemos asistido a la reflexión académica sobre lo que decimos, al conocimiento sentimental de nosotros mismos, al descubrimiento de rasgos que nos unen y nos identifican, al valor especial de saber nombrar y aportar en ello identificación, orgullo y sentimiento.

Los actos de han sucedido con celeridad y participación, el tiempo ha pasado muy deprisa, se ha hecho corto e intenso. En una entrevista llena de agilidad y compenetración, José Joaquín Rodríguez Lara provoca al profesor Viudas Camarasa (de la Universidad de Extremadura, presidente de la Asociación cultural “Estudio y divulgación del patrimonio lingüístico extremeño”, autor de un magnífico Diccionario Extremeño, defensor de “la fala”), a desgranar sugerencias sobre nuestra forma de realizar el castellano, que nos llevaron de la sorpresa y el interés a la confirmación de la valía de unos usos lingüísticos identificadores y llenos de vida. El profesor Viudas Camarasa hizo pública promesa de donar al Museo de la Alfarería una pieza que le es muy querida: una maricona adquirida hace muchos años. A continuación, el profesor de Instituto Reyes González Castaño nos regaló una amena relación de términos de la alfarería con un estilo pedagógico y entretenido que nos hizo parecer que el tiempo no había pasado. Y terminó la tarde con una magistral recitación de poemas de Javier Feijóo, “aquí no tenemos mieo”, “Extremadura. La cara oculta de la tierra” y “güérfanos de verbos”. En un castúo pleno de belleza, sensibilidad, fuerza y humildad asistimos a la escucha de una exposición de sentimientos fuertes, rotundos y bellos que a todos nos hicieron pensar que la poesía puede ser lo más parecido a sentir que estamos unidos por una cadena de sonidos que nos salvan de los ruidos exteriores. Así se fue la primera tarde. Tocamos el fondo de las esencias culturales y subimos a las nubes de la belleza en castúo. Quién nos iba a decir que ese habla que todos alguna vez hemos escondido, o escamoteado, o cambiado en sus expresiones para no desentonar, iba a ser la marca que nos identificara.

Con ganas de vernos de nuevo y seguir con el tema, ya el domingo por la mañana acudimos a la llamada (al olor mejor) de los jeringos, y muy pronto, como queriendo aprovechar el tiempo, visitamos la alfarería de Manuel Enrique Monje, que nos hizo una demostración de su habilidad en el oficio, una bellota; ¡cuántas no habrán comido nuestros antepasados, de cuyos nutrientes seguro que muchos de nosotros estamos conformados! Comprobamos in situ el vocabulario aprendido el día anterior y casi nos tuvieron que arrancar de allí para ver el Museo que nos aguardaba con sus piezas llenas de arte y belleza.

Y las actividades del domingo fueron igualmente interesantes. Juan Rodríguez Pastor, incansable recopilador de cuentos populares (toda una gama de cuentos populares extremeños y andaluces, maravillosos y de encantamiento, de animales, obscenos y anticlericales o de costumbres). Qué emoción oírle recitar algunos de los cuentos, trabalenguas, refranes y acertijos que tantas veces oí a mi padre. Al recordar aquel de “el cielo está carabinculimpintado…” una chica a mi lado me dijo: “Ese me lo enseñó tu padre en los Baños”. Y los niños, haciendo honor a los nuevos tiempos con sus nombres, Elisa, Diego, Mari Carmen, Nagore, Guille, Saúl, Manuel, Francisco Manuel, Juan María, Laura, Elena, Daniela, Carla, Belén, Ana, Natalia, Naroa…recitan palabras aprendidas.  Era un primor escuchar en sus bocas los refranes que tal vez no entendían, pero que a buen seguro no van a olvidar.

Y por último, una mesa redonda ejemplo de amenidad, interés, conocimiento, reflexión y buenas vibraciones. El público también intervenía. Nunca he asistido a unas jornadas más llenas de vida, más ilustradoras y más ágiles: José Aguilar Sánchez, experto comunicador a través de distintas emisoras de radio, con sus dichos que nos hacían sentirnos partícipes y colaboradores; Ildefonso Guillén, filólogo y bibliotecario, que desplegó ante nosotros palabras que habíamos eliminado tal vez de nuestro vocabulario cotidiano, pero que seguían en el fondo de nuestro corazón. Moderados por el buen hacer de José Joaquín Rodríguez Lara, periodista y premio Felipe Trigo, puso la guinda Ildefonso Matamoros, “El Perigallo”, la voz de un pueblo vivo y rico, hijo de estraperlista, modelo de comunicador y autor de un libro de título sugerente y mediático si no fuera porque él es humilde y genial, Atáqueme, señorita. Así es Salvatierra, atrevida y sencilla, llena de sentido del humor, trabajadora y noble. No son adjetivos vacíos.

Y tenemos que señalar la actuación de la presidenta, Ana Mari Benítez Benítez, que obsequió a los intervinientes con piezas de la alfarería más genuina. Enhorabuena a la Asociación de Amigos de Salvatierra que disfruta con lo que hace, lo hace bien y recupera de paso nuestras esencias.

Maribel Cintas Guillén es filóloga y extremeña, hija de Valentín y María

y sobrina de Juan Guillén Trigo, que hizo el horno de cocer de Manuel Enrique Monje.

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